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lundi 6 mai 2013

La inmolación por la belleza por Marco Denevi


El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor. 
Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo –como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso. 
Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón. 
El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.

lundi 25 mars 2013

Mirá no tan lejos.


Respiro. Inhalo. Exhalo. No pienses, no pien… ¿Por qué no me quiere? No. No empieces. Concentrate en respirar. La calle está especialmente vacía hoy. Voy arrastrando mis pies mirando el pavimento. Observo cómo mi respiración se convierte en aire blanco delante de mí en cada exhalación. El frío invierno es una proyección de mi frío corazón. Intentando despejar la mente, miro las nubes, los grises edificios, mis propios pensamientos. Pero a pesar de lo mucho que lo intento, sigue apareciendo. En cada cosa que hago, lo veo. Lo tengo memorizado, cada rasgo, casa gesto, cada detalle… Su imagen invoca la memoria de cada milésima de segundos compartidos, cada recuerdo doloroso que quisiera enterrar. Pero así funcionaba. No era a él a quién quería enterrar en el fondo de mi mente. Era a mí y a la imagen que tenía de él. Él, que era totalmente ajeno a mi dolor. Mi dolor por él y por mí. No pienses. El aire entrando a mis pulmones. El tórax inflándose, el aire expulsado. ¿Por qué no puedo ser mejor? No. Respira. Cuando mis pensamientos iban por caminos demasiado dolorosos para ser enfrentados, mi cabeza daba un salto de alarma. Fuera como fuere, el dolor ya estaba instalado. Era mi compañero de viaje. Me senté en un banco, adentrado en la plaza. Lo más lejos posible de la gris civilización. Estaba en medio de la ciudad de Buenos Aires, pero necesitaba soñar que estaba lejos. Respirá.

Cierro los ojos, y lo veo. Los abro, inmediatamente, y sin embargo, él sigue ahí. Está al lado mío, me mira y me sonríe. Cierro los ojos horrorizada, esperando que mi cabeza deje de dar vueltas. Respiro. 

Abro los ojos lentamente deseando abrirlos y que mi mundo haya cambiado. Pero él me sigue mirando. Y ya no soporto el silencio.
-No quiero.
-¿No? – Me mira socarronamente. Él sabe perfectamente que quiero.
-No. Estoy cansada de sufrir.
-Eso es decisión tuya. Pero eso lo sabés bien.
-¿Y qué importancia tiene lo que sepa o deje de saber? No importa nada. Vos seguís apareciendo.
-Porque vos querés que aparezca.
-…
-¿Te doy miedo? – Me pregunta
-…
-Tomo eso como un sí.
Nos quedamos en silencio. Lo miro enojada, pero él está mirando para otro lado, ignorándome. Me volteo orgullosa.
-No sos la única que sufre por mí. ¿Sabías?
-Hay muchas cosas que sé… - murmuro.
-Que sabés, pero que no querés comprender.

No necesitaba sus sermones.

- Estás cansada de mí porque yo te hago lidiar con lo que más te duele de vos. – Lo decía buscando hacerme entrar en razón. ¿Por qué no paraba? Pero… ¿Quería yo que parara?  –No me querés entender. Me echas la culpa a mí. Pero sos vos el problema, por eso yo no debería existir.

Ya sabía todo eso y no quería oírle, pero a pesar de todo, tampoco quería levantarme del asiento. Mi mente era una contradicción sobre otra. Era él. Y me estaba hablando. Aunque fuera parte mi imaginación… era su voz.

-Te negás a mirar otra cosa que no sea a vos misma. Crees que me querés a mí, pero en realidad te amas a vos y a tus miedos. Estás enamorada de tus miedos.
Deje de respirar. Porque por una vez oía lo que me estaba diciendo.
Él sabía que había dado en el clavo.
-Te negás a abandonarlos porque no sabés cómo te va a tomar la gente si sos vos misma y no cómo vos crees que ellos quieren que seas… -
-¿Y quién soy? ¿Eh? No me conozco, y vos tampoco. Y no creas que lo hacés– Lo interrumpo enojada.
Él me mira paciente.
-Está bien. –acepto al final. – Me conocés. Y sabés de mis miedos. Pero, ¿Ahora qué?
-Ahora solo falta que mires. Y que mires en serio a tu alrededor.
-Pero no veo nada…
-Eso es porque todavía querés verme solamente a mí…

Y de pronto miro, y miro en serio. Observo cómo el pasto gris y los tristes árboles van transformándose, y se vuelven alegres. De pronto escucho a los pájaros cantar, el ruido de los autos y de la gente al hablar, el cielo se ve celeste, y el sol comienza a brillar. Incluso los edificios toman color. Escucho a alguien reír a lo lejos. Y cierro los ojos para sentir el viento cálido en la cara y la piel. Estoy un rato así, disfrutando. Hay mucho ruido afuera, pero nunca escuché tanto silencio dentro mío. Abro los ojos sonriendo, quiero contarle. Pero él ya no está.

No me entristece que se haya ido, él siempre está conmigo. Pero ahora yo sé mirar. Eso me hace recordar sus palabras. “No sos la única que sufre…”. Busco con la mirada el lugar que él observaba antes y yo estaba demasiado decidida a ignorar. Y ahí lo veo, un joven de mi misma edad, mirándome. Le regalo una sonrisa. El muchacho me sonríe y ambos sabemos que algo va a cambiar. Me levanto del banco y sigo mi camino. Había muchas cosas que quería conocer de mí. El muchacho podría esperar y yo podría esperarle a él, porque sabíamos que nos volveríamos a encontrar. Pero primero debía encontrarme a mí misma. De eso estaba segura.